El tiempo ha perdido el aroma. La impaciencia de vivir está siempre a la carrera. No es extraño que el café se haya convertido en una cita de tarde que se pierde a solas. Ni siquiera los amantes esconden su discreción frente al perfume del humo, sabiendo o no que es una metáfora que los envuelve. Las horas nos marcan el latido del corazón. Incluso se nos amotinan las exigencias. Así que aplazamos con estrés los silencios y la imaginación con las que antes disfrutábamos de un café en el ágora donde se practicaban la conversación de cámara y la educada conspiración. El espacio público en el que la atmósfera era la luz de la complicidad.

Un tío abuelo, al que exilió en su madurez la moral familiar, me dijo en mi primera juventud que la mejor manera de conocer la hechura y el envés de una ciudad era recorriendo en taxi su mañana, escuchando la música del atardecer en un Café e improvisando la madrugada en un burdel. De aquel consejo me quedó el recuerdo de mi primer armañac en el famoso Suizo de Granada, donde Lorca tocaba poemas al piano. Muchas veces me refugié a leer entre sus columnas y mesas de mármol, y allí certifiqué que la sobremesa de un café era la mejor hora para que la seducción condujese a desnudar la intimidad hasta las siete. Ahora que me pongo Proust, escribiendo junto a una nube en el Café Central, a pie de la navidad municipal que ha disfrazado calle Larios de una catedral gótica, pienso que fue mi tío abuelo y no la literatura la causa que me sienta ante una taza de eternidad en los Cafés de las ciudades en las que descubro los tipos que llevo dentro. No tengo una sola moleskine de viaje en la que no guarde el papel del azucarillo, las notas torrefactas de un aroma, el dibujo de uno de esos clientes habituales a los que el tiempo transforma en personaje, la estética de su confortable escenografía y el casi imperceptible paso de un fantasma por los espejos.

Con los años he conformado una humeante colección. El parisino Café Flore de Saint Germain en los que he divisado a Bretón y a Camus, antes de de acercarme al Deux Magots para escuchar las secas fabulaciones de Hemingway ; el Voltaire de Zurich y su memoria del dadaísmo; la sausade de Pessoa en el A Brasileira de la lisboeta rúa Garret; el Florian de Venecia con sus camareros de oro viejo y en cuyas mesas vi suicidarse lentamente a Modigliani; el triestino San Marco donde Svevo fumaba con Zeno mientras escuchaba su conciencia de mujeriego; el Greco de Roma en cuyas mesas Shelley terminó su Prometeo; el tangerino Haffa escalonado frente al mediterráneo que al crepúsculo alila el mediterráneo; el Zurich al norte de Las Ramblas abigarradas bajo el pubis de otoño de sus árboles; el Savoy de Praga, vestigio de la belle époque. No me olvido del Richmond de Buenos Aires, que parecía una vieja goleta inglesa embarrancada en medio de una ciudad que terminó siendo otra, donde mi amigo Marcos Ricardo Barnatán, escondido bajo el humo 8-9-8 Partagás, me confesó que el sabor del café es peligrosamente literario. También guardo entre renglones la huella de aquel Suizo de Granada cuyos herederos en desacuerdo prefirieron los millones que lo transformaron en una franquicia de hamburguesas. El clima interior de los madrileños Gijón, en el que la mayoría de sus camareros tienen el desplante malhumorado de Fernán Gómez, y el más apreciado del Café Central, amenazado por la ley de arrendamientos urbanos que en enero pone punto final a los alquileres de renta antigua.

No hay capital sin comercios, metamorfoseados por el tiempo en curiosos museos, que no tengan un triste cartel en su escaparate. No me refiero a los que ponen que un escritor se vende, igual que ayer en un librería que celebraba su Día, y aunque los interesados compradores no se decidiesen porque no sabían dónde ponerlo o en la intimidad para qué sirve. Tampoco a los que ceden el testigo con las grandes letras de Se Traspasa, por jubilación o cuando la crisis lo extermina. Hablo de otros carteles más dramáticos. Los que informan de la Liquidación y el Cierre. Uno sabe que en pocas semanas caerá la persiana metálica. Que luego un graffiti olvidará la memoria que un día estuvo abierta. Un final siempre desagradecido para tantos establecimientos, con los que las ciudades perderán singulares rincones de marca e identidad. Lo mismo sucederá con el Café Central de Madrid, 32 años de jazz en directo, oasis literario de un joven aspirante a escritor que en aquella plaza buscó su ángel. Más tarde, de vez en cuando, fue el espacio donde mover la cabeza al ritmo de Lou Bennet, Art Farner, Mal Waldon, del maravilloso mano a mano entre Paquito D´Rivera y Wynton Marsalis, de la seda en negro grave de Jeanne Lee y el swing azul de Tony Zenet.

Es justo que los propietarios obtengan un alquiler más equitativo pero la crisis, más el 21% de IVA, hace peligrar la supervivencia de cualquier negocio. No estaría mal que en casos como el del Central, al margen de los apoyos en Change.org, las administraciones contribuyesen a solucionar el problema para que no se pierda el jazz ni un reconocido establecimiento cultural.

Cada vez que se cierra un Café en alguna parte se quiebra un espejo y una charla se interrumpe de repente por el silencio de un ángel que cruza con la alas en blanco. El tiempo ha perdido aroma y palabras con inteligencia y pausa. Pero siempre necesitaremos lugares en los que regalarnos un paréntesis para saborear el aroma de la soledad creativa o la hermosa caligrafía de la conversación. No dejemos que nos cierren también el disfrute de un café en el Café.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2014/11/30/cafe-angel/726056.html