Pienso luego leo, leo luego vivo. Así reza el blasón de heráldica con letra inglesa que reina en su biblioteca de príncipes y flores de cuño de numismato. El corazón de una casa, con poesía en la terraza e historia en el dormitorio, donde hoy celebrará, leyendo en voz alta y lenta unos versos de su caja de plata, los sesenta y nueve años que cumple el más elegante vampiro de los libros tallados con camisa y estela. A cada uno le ha brindado una copa de su sangre impresa, alimentando de ella su insaciable curiosidad de caballero con rostro de Bogart, estirados hacia atrás los grises del alba de sus cabellos, perfecta la corbata en disonante color sobre la camisa con gemelos nobles y una sonrisa en la mirada docta de un seductor para iniciados con armas de poema: «convéncete primero de que le caes simpático, de que lo pasa bien cuando sale contigo. Llévala a casa luego, sírvele un par de copas y, en un momento dado, mordisquéale el cuello». No es Villiers de L’Isle-Adam de quién les narro, aunque ha traducido sus versos y sus cuentos crueles, sino de un aplicado alumno del Colegio del Pilar que tiene entre sus inmortales maestros a Shakespeare, a Borges y a Pere Gimferrer. De cada uno tiene este vampiro -al que sólo le falta hablar en maltés para completar el mapamundi de los idiomas secretos de los bibliópatas- una de sus cualidades más importantes: el conocimiento de la naturaleza humana en la comedia y en el drama del demiurgo inglés del teatro; la sabiduría del mundo que confiere haber sido director del aleph de una biblioteca -la de Buenos Aires el tigre de su laberinto, la nacional de él que también hoy celebra cumpleaños-; y el arte del interludio azul donde la poesía es una sublime narración expresiva dominada por el autor de Amor en vilo y Arde el mar.
Quién bien lo conoce lo imagina fácil Tintin adolescente e inquieto, descifrando pesquisas de complicados casos que de mayor lo conducirían a su pasión por el cine negro, del que viste la misma gabardina Garci que Eduardo Torres-Dulce en Cowboys de media noche a través de la radio, dirigidos por Luis Herrero. O lo dibuja gentleman Gary Grant en el Café Saigón donde le gusta atardecer los domingos con su mujer Alicia Mariño que le inspira a cruzar universos galácticos y marinos que para eso ella es también filóloga y doctora en literatura fantástica y coautora de una cuidadísima traducción de Tatuaje, el inmortal relato fantástico de Junichiro Tanizaki, publicado por Rey Lear. Una exquisita editorial, regida con talento por Jesús Egido y con excelente variedad de títulos como los Cuentos completos de Jack London, Godiva de Alfred Tennyson o El fantasma de Azaña se aparece en chaqué de Alfonso Vázquez con ingenioso humor culto. Ha sabido elegir este vampiro amigos para quienes la literatura, el cine, el arte, el cómic y la música son puentes para disfrutar de esa felicidad que es conocer y aprender, bajo la lámpara Aladino de la cultura, valores de permanencia en un mundo caduco y vivir hazañas como las de los héroes y los mitos que aparecen en sus poemas de El hacha y la rosa, La vida en llamas, El reino blanco, Cuaderno de vacaciones o La caja de plata que en 1985 supuso una frontera en la poesía española por el perfil de su lenguaje cotidiano de lo sentimental, de su ironía como juego de Oxford, de lo humano como dignidad del pensamiento. Espléndido poemario del que aprendí en mi juventud que todos somos detectives en busca de la identidad perdida.

Siempre ha tenido nuestro idóneo personaje de la diplomacia, como coartada del espionaje y de la política, conciencia de que la escritura cambia de piel –lo mismo puede ser lobo de amor que Caperucita feroz-, de música –no importa si la sonoridad es de Cavafis o de Guillaume IX duque de Aquitania, y mi patrón pieta provenzal del diez de febrero-, de argumento y de tránsito pero nunca de actitud ni de la pasión de perseguir en lo cotidiano una expresión que conduzca al hallazgo de una emoción desconocida o de un nuevo libro viejo. De una persona con la que compartir la propuesta de una historia, una confortable conversación sin prisas, el afecto al que siempre es leal este dandy escéptico de la vida y creyente de la cultura que cuenta entre sus amigos con Conan, William Beckford, Ulises, Dinah Washington, Loquillo, Juan Manuel Bonet, Jan Potocki, José Valverde, Calímaco de Cirene, Fernando Rodríguez Lafuente, Juan Manuel de Prada, Alfredo Taján o Carmen Iglesias entre muchos otros de carne, hueso y frontera, su ámbito natural de territorio y de generación del lenguaje a la que por consonancias y ambición pertenezco y gozo.
Tiene igualmente incondicionales aliados impresos y de perfil curtido en rojo clásico, igual que veteranos capitanes del Tercio de Flandes o espadachines invictos en sus utopías, en su jardín de la memoria con más de treinta mil amistades con credenciales. Un buen número entre los que son sus inseparables el Drácula con ataúd de plástico y exlibris de Vicent Starret; el número 322 de una tirada de 500 ejemplares de El cementerio marino de Paul Valéry; los cinco volúmenes de Poe traducidos por Baudelaire o La familia de Pascual Duarte dedicada por Cela a Vicente Botella en 1947 y en segunda rúbrica a él a punto de cambiar el siglo, entre el tiempo libre y el tiempo encadenado de éste gourmand de la cultura, inmerso en su biblioteca con sofá tapizado en damasquino y un teléfono a mano desde el que llama al ABC Cultural, a Mercurio durante doce años de clásicos con lectura de nueva perspectiva, y a Lope de Vega que lo reconcilia de toda la mediocridad que carga el diablo de poder, de gracia y de escaleras.
Somos todos, estos y los primeros, familiares de realidad y ficcionales del escritor postmoderno de la Edad de oro que siempre duda de todo, suma de yoes urbanos de la noche a la que le toma prestado el oído, de sujetos enigmáticos que nunca se hunden demasiado, y de esa sombra melancólica que andurrea sin rumbo bajo la lluvia que prefiere antes que la luna, como buen vampiro cansado de volar con alas negras de pájaro insomne. Puede que para unos lo liberal que significa su figura tan académica y de premios de la crítica, de traducción y de poesía, de las Letras y de la Gran Cruz de Isabel La Católica, les suene a adversario. Y si que lo es de los populismos y de la miopía de cualquier política de ahora, exenta de conocimiento y de templanza y, al contrario que él, rebosante de vanidades. Cada cual es libre de preferir las máscaras a los corsarios y los capataces en lugar de a los independientes, pero de sentarse a su vera en el deleite alrededor de la palabra, de la única patria posible que es la biblioteca de cada uno, del alma que le debemos en alemán a Goethe, de la comedia del Siglo de Oro, y de cualquier lectura contemporánea con aventura y emoción de lenguaje, no resistiría la magia de su distinguido encanto de persona noble, su refinada erudición al alcance enseguida de la fabulación y de lo llano. Su manera de hacer del amor poema de la ternura, del erotismo y de lo cómplice en versos impares, simples o compuestos y eufónicos. «Me gustas cuando dices tonterías, cuando metes la pata, cuando mientes, cuando te vas de compras con tu madre y llego tarde al cine por tu culpa. Pero aún me gustas más, tanto que casi no puedo resistir lo que me gustas, cuando, llena de vida, te despiertas y lo primero que haces es decirme: «Tengo un hambre feroz esta mañana. Voy a empezar contigo el desayuno».
Sesenta y nueve años cumple hoy el que disfruto en persona de vez en cuando y al que, sin cerrar los ojos, veo como Nemo con su nihilismo de un mundo mejor a bordo del Nautilus, igual que el capitán van der Decken del Holandés errante condenado a vagar entre tormentas, que El hombre enmascarado de Ray Moore o Paul Muni en Scarface, empuñando un revólver como si fuese una cristal de Murano. No es difícil tampoco evocarlo lord británico en una novela de Evelyn Waugh o filósofo de Tales, diestro en los duelos de pensamiento y en la esgrima de las armas como condottieri de Florencia. Pero sobre todo lo considero y lo valoro como ejemplo de Humanista del Renacimiento, cuyo espíritu tanto necesitamos en el año que nos aguarda al descorchar la media noche del martes de Melania y de San Silvestre. Ojalá sea presagio de la década a punto de estrenar el talante de Luis Alberto de Cuenca y Prado. El vampiro caballero de quien les he contado y por el que brindo con el vino de Malta con el que Calipso le brindó a Ulises eterna juventud, y de seguir su rumbo la isla de un libro definitivo para ser feliz en todos los puertos y entre los suyos.

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