De un tiempo a estos días en la estación de tren de las ciudades se baja el mismo tipo largo vestido de azul oscuro. Tiene el gesto austero de quién vivió en primer plano conflictos en Sri Lanka y Cachemira, el ascenso al poder de Kim Jong-un en Pyongyang, los tsunamis del Índico y la crisis nuclear de Fukushima. No exhibe de esos frentes ninguna cicatriz que delate el haber estado cerca de las dentelladas feroces de la parte abisal de la naturaleza humana. Sólo luce en su mano un libro que en realidad es un revólver cargado de periodismo y con el que dispara a bocajarro contra el envés negro del oficio con pulso de justiciero audaz y un índice duro de venganza. El director es el nombre porque el que se le conoce a ambos. Al libro de ediciones del K.O. que pasa de mano en mano, no como un revólver jugando a la ruleta rusa –que es de lo que acusan al hombre que lo ha escrito-, sino igual que un arma con la que sus lectores apuntan a una profesión que siempre les ha hecho creer en su labor de Marshall implacable con los delincuentes y aquellos cuyo dinero les sirve para comprar la ley de su parte. También El director es como se refieren a David Jiménez que continúa poniendo pie en diferentes ciudades, sabiendo que en muchas de ellas quienes rigen sus intereses en la prensa lo mirarán como a un forastero molesto. Es consciente, acumula en la culata de su arma impresa muecas de desaire, que a muy pocos hoteles o tabernas en las que apaciguar la sed se acercará alguien joven de sueños, deseoso de desenfundar el lenguaje con el talento de quien dispara en defensa propia, a favor de los débiles y con el temple Eastwood por encima del miedo, del desencanto y de un desenlace en contra, para entrevistarle sobre el hedor de la cocina del periodismo que denuncia y acerca de los motivos por los que ha disparado al pecho de un conocido periódico nacional del que tuvo el mando, y a la vez al oficio al que sin duda sigue amando pero sin beso con lengua.
Ha sido Agustín Rivera, profesor de la facultad y firma de El Confidencial, el que ha traído a un curso de verano en Málaga a este jinete pálido al que Ana Botella confundió con un torero de moda -ignoraba que Jiménez entraba a matar a volapié pero lo ignoraba todo de verónicas y toreo para el tendido ortodoxo del siete-, y al que una ministra le rebajó de antojo el apellido y el cargo a Pérez en una de esas comidas en las que se corta el bacalao con bisturí de Salomé y carmín. Un corresponsal curtido, arisco de tribu y pareja de hecho con la literatura con varios libros de drama y denuncia, que nunca imaginó que el destino lo citaría en el Marriot East Side de Nueva York para cambiarle la vida y hacerle vivir, fuera de dictaduras de terceros mundos, un peligroso año de película. Siempre escoge el diablo un buen lugar y la promesa de un mundo a tu medida para llegar al alma que nunca blinda un chaleco multibolsillos. Jamás esas empresas, con las que uno sueña hacer una revolución en la que cree o que siempre ha llevado dentro, duran más de lo que el diablo espera para exigir que se le venda la integridad del alma, ni de lo que se mantiene sin deslealtades al frente de la trinchera de una solitaria defensa del honor y la independencia frente al letal acoso del poder, y las conspiraciones de sus máscaras. La sumisión a los intereses de los grandes grupos económicos, la subordinación a los intereses políticos y la descarada injerencia sin filtro en el trabajo cotidiano del director, hace tiempo que primero hicieron rehén al periodismo, después compañero de selectos aquelarres y hasta hoy donde bailan alrededor del cadáver del periodismo impreso y se conjuran en el asalto al que busca su Fort Laramie en internet. La borrosa frontera de la ética, la libertad, el rigor y la calidad de lenguaje de la información se deshilachan en un tenso cable en el que el periodismo sobrevive sobre un solo pie, sin que sepamos si es el de la verdad.

El director es un libro muy ilustrativo para el gran público que sospecha de la quiebra de libertad del oficio, y que David Jiménez les certificará con jugosas anécdotas, nombres reales y apodos ficcionales –que los del gremio despejan enseguida-. Sin adornos literarios, más bien como un dietario o una autoficción del yo, cuenta su experiencia de un año entre la gloria, el infierno y la redacción, intentando sobrevivir a presiones políticas, a las de la propia cúpula empresarial y a la falta de hermandad, salvando excepciones, que define el compañerismo individualista y de rivalidades del gremio. Ajuste de cuentas, ambiciones oscuras, pactos de conveniencia, supervivencias, hipocresías e hijos de perra con seducción hacia afuera –como en tantas otras empresas, de la cultura, del ladrillo, de cualquier otra especialidad donde ejerza la tiranía del poder y del dinero-. Y también los mecanismos de un oficio devaluado, dependiente del bypass económico que exigen las plantillas y los ERES, imprimir las peripecias de la batalla con lo cotidiano sin miedo a que suene el teléfono rojo ni te llamen al despacho. Todos los colores y aromas de la naturaleza humana que no enmascaran el Chanel 5 ni la misteriosa gama de los grises. Pero sobre todo, el lector de la calle certificará su desencanto o su nihilismo con la veracidad de la prensa en torno a sucesos de portada e indignación como la Caja B de Bárcenas o Los papeles de Panamá; el funcionamiento del juego de favores entre los medios y la jerarquía financiera, acerca de presidentes, reyes, ministros, banqueros, comisarios y periodistas. Protagonistas de esta crónica sobre los secretos inconfesables del periodismo y los hilos que gobiernan España. Nada de lo que promete su portada deja de ser diana frente a este revólver cargado de balas de plata y plomo. Unas para el propio gremio al que acusa de haberse encanallado y traicionado a sí mismo. Las otras, las más sofisticadas, para los vampiros del IBEX y del selecto club del poder que desde las sombras nos rigen, nos digieren y eructan en cubos donde el exceso de champagne se desinfla caliente de burbujas. Ningún intocable ha sido derrotado. Son los periodistas los que caen fulminados, cambian de aventura en su utopía romántica, son condenados a existir de otras ocupaciones, considerados mitad antihéroes, mitad cabeza a la que le han puesto precio.
Hubo una vez algo parecido a un contrato social en el que el periodismo se comprometía en la denuncia y el compromiso con la verdad. De esto hace demasiado. Ya conocemos hace tiempo en el Vietnam en el que nos movemos, y que en provincias sucede lo mismo a pequeña escala. Son muchos los libros que lo han explicado: Periodismo herido busca cicatriz de Javier Mayoral; Fake news: la nueva arma de destrucción masiva de David Alandete; Cada mesa, un Vietnam, de diversos autores, o Noticias del Frente. Lo que no impide la esperanza, como se ha ondeado en este curso de la UNIA, de un periodismo independiente como los liderados por Nacho Escolar y Nacho Cardero en El Confidencial y El diario.es. En el de otros profesionales que desde su papel, su web o su cabecera, mantienen el rigor, la originalidad y el compromiso, que defiende Gumersindo Lafuente; la transparencia por la que aboga Ana Pastor, y la necesidad, señalada por Mónica Bauerlein de reporteros y editores seguros de que sus trabajos «no desaparecerán si no hay grandes beneficios, o si los poderosos se ofenden». Un periodismo movido por el deseo de sacudir las conciencias, no de ser rentable únicamente. Los soportes podrán cambiar pero el camino es sólo uno. Recorrerlo exige esfuerzo, coraje, humildad, talento y saber apreciar estas cualidades y apostar por lo mejor esté dónde esté. A pesar de la demoledora realidad de Scorsese y Coppola del libro El director, surgirán nuevos Wolfe, Susan Orlean, Alma Guillermoprieto y Kapunscinskis, y empresas periodísticas que no sean un lugar de paso y su rigor e independencia informativa tengan un lenguaje lo más honesto y brillante posible. De no trabajar este futuro, el periodismo dejará de tener valor y palabra.

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