Cada hombre es la narración de una vida y el libro de poemas en el que entiende lo vivido. Ambas historias tienen la costumbre de cumplir años y suceder en páginas. Es el caso de Caballero Bonald que este viernes inauguró el poema de los 90 con la memoria en equilibrio e insumisa. Y decidido también a seguir escribiendo con vigor porque es su mejor terapia para no desfallecer frente a las ofensas de la vida. Nunca ha dejado de hacerlo desde que se embarcó en la literatura con vocación de corsario y corazón al viento, Espronceda de voz argónida contra la injusticia y el abuso de poder de cualquier política puntiaguda, y las de la seguiriya indomable de la existencia. Es Caballero Bonald una contradicción romántica entre el sueño de emular acostado a su admirado Onetti y al abuelo Bonald -con su ginebra de albahaca y oloroso de Jerez-, y la querencia de su oficio de vigilia en entreguerras, contrahistorias y estancias de lo indefenso. Ser poeta del tiempo encamado o poeta de la necesidad de la incertidumbre, al borde del vacío, en desamor con un verbo o a punto de conquistar el adjetivo perseguido. Sus lectores, sus cómplices, los amigos de su palabra y alumnos de su escritura tierra adentro, y en mar pluscuamperfecto en hechuras, sabemos de sobra que nuestro Ulises de Jerez de los Caballeros mantendrá firme el rumbo, en busca de esa penúltima cumbre de un verso. Y como dijo el viernes dispuesto a cumplir los 99 navegando por aguas de Doñana.

Es dura la generación del 50. Se nota que los niños de la guerra llevaban la supervivencia como santo y seña de su ADN. No tuvieron más remedio que aprender pronto a ver claro, a que erguirse entre las ruinas y la orfandad de libertades era su destino de hombres. El mismo en sus vidas de poeta, elegidas por Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente y Carlos Barral -por citar algunos de los que más revolucionaron la poesía entre la realidad del lenguaje, lo carnal de la memoria y la ética como desobediencia-. De aquel grupo machadiano de febrero del 59, con abrigos de rebeldía, bigotes de dandismo y gesto de seductores que también contribuyeron al noctambulismo, sólo quedan en la trinchera de los días el introspectivo Antonio Gamoneda, el expresionismo del instante de Francisco Brines y Caballero Bonald con el realismo meditativo, y muchas veces en desacuerdo, con el que no deja de responder a los asedios que ocurren hoy en contra de la dignidad. Lo mismo que no esquiva versos frente a los desperfectos del trabajo de vivir, con un lenguaje disidente que es su pulso y su paisaje. Se puede seguir el rastro de su azogue y su pujar ente las sombras que somos, en la excelencia de su maravillosa obra poética entre la que el maestro destaca el libro Desaprendizajes, además de la novela Ágata ojo de gata. No me olvido yo de sus Dos días de septiembre, que guardo con su firma en 1982, ni de sus memorias Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir.

Somos el tiempo que nos queda, se titula la estupenda antología lírica que publicó Seix Barral, su casa editorial de siempre y en la que, además de descubrirle los que no lo hayan hecho, leeremos en 2017 sus bosquejos literarios sobre Azorín, Borges, Max Aub, Delibes, Cortázar, Rulfo, Rafael de Paula, Manolo Millares o Joan Miró junto con otras figuras del siglo XX. No faltarán en sus páginas el humor socarrón con el que el Premio Cervantes, Reina Sofía Iberoamericana y Nacional de las Letras, entre otros galardones, narra las anécdotas vividas, picantes, literarias, de los egos personales, acerca de aventuras etílicas, de goces del vaho nocturno de los cuerpos o de madrugadas flamencas a las que él mismo le puso investigación y letra. Otra de las muchas razones, además de las literarias, por las que seguir disfrutando del poeta y su charla, y de ese ángel tutelar y dulce, hermosa y paciente, que es su inseparable Pepa Ramis.

Hace diez años Caballero Bonald dijo en Málaga, durante la presentación de la revista Litoral, que en su caso cumplir los 80 era una alarma pero una promesa en el caso de esa nave va de papel Saval&Amado que también el viernes subió sus 90 años impresos a un elegante tren de arte, pensamiento, literatura y fotografía, coordinado por Antonio Lafarque. Otra forma de la memoria a toda máquina con pasajeros ilustres y lecturas sobre ruedas cruzando puentes y noches, paisajes y estaciones. La Mayakovskaya de Moscú o la Marienplatz de Múnich, la City Hall Station de New York y en Shanghai la Bung Sishtsseing Tunnel frente a los andenes en blanco y negro en los que, en otro tiempo de guerras, Frank Q. Brown disparaba a la vida en vuelo que se despedía con tacones de novia y perfil de esposa con el miedo enamorado. Ángeles cazados a bordo del tren cuyos pasillos recorren Juan José Millás, Vila-Matas, Jiménez Millán, Aurora Luque, Isabel Pérez Montalbán, Jesús Aguado y muchos más viajeros de este Litoral con billete a un destino que no es otro que seguir de viaje -con la ilusión que siempre le gana el pulso al esfuerzo y a las exigencias de la economía que sólo se acuerda de la cultura cuando necesita una escort- con sus barcos, sus aeroplanos, sus globos, sus descapotables. Máquinas de mar, tierra y aire en las que enrola autores de ayer y de mañana, y al maestro Caballero Bonald soñando a bordo literatura, cine, pintura, cartas, ciencia, ciudades, jazz y deportes.

También el viernes cumplió tiempo Perico Fernández con la memoria perdida en combate. El campeón del mundo de los súper ligeros de 1974 al noquear en Roma a Lion Furuyama perdió con la vida a los puntos, como pierden los campeones. Nunca lo tuvo fácil. Ni antes de salvarse de la orfandad y de la delincuencia en el cuadrilátero del Campo del Gas de Madrid, en los que su boxeo de guardia americana contra los jab adversarios y el cross directo de su derecha explosiva -como recuerda mi amigo de rings en blanco y negro Antón Castro, Premio Nacional de periodismo cultural- dejó K.O a Tony Ortiz. La primera mano camino a la victoria sobre Joao Henrique y Fernand Roelans después.

Pero el triunfo en boxeo es una ilusión óptica. Enseguida el tiempo pelea a la contra, parte en sombra la ceja y enturbia la mirada, los recuerdos zurcidos, el baile de piernas y el aire en escorzo. Tampoco la baraka apostó entonces por el campeón con su soledad en guardia y entre las cuerdas invisibles de los días, fajándose sin aquella furia invisible de su derecha y con los sueños derrotados en la lona del fondo de una botella. Ángel Nieto y Pepe Legrá, prostitutas generosas y Gómez Fouz entre otros viejos amigos lo levantaron de la cuenta de once e intentaron jubilarle con dignidad. Ni siquiera para sobrevivir tuvo cabeza y Perico Fernández rechazó el puesto de conserje que le ofreció el ayuntamiento de Zaragoza. Su destino final estaba marcado por un último golpe, el crochet del alzhéimer.

Nos deshojó también el otoño en viernes la voz caediza y carnosa de Leonard Cohen, y la vanguardia barroca Francisco Nieva, poetas de la canción y del teatro, recordándonos que todos somos una imagen dorada que termina desprendiéndose del tiempo. Razón suficiente para celebrar las voces de los que nos cuentan de nosotros y sobre la fragilidad de los héroes. Y brindar por el oficio de Caballero en la batalla y en la poesía sin la que la vida es un viaje que se comprende menos.

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