© RICARDO MARTÍN

© RICARDO MARTÍN

Durante 14 años, Andrés Trapiello, Premio Nadal, Fundación José Manuel Lara, de la Crítica y Miguel Delibes de Periodismo, entre otros, y autor de más de 50 títulos de narrativa, poesía y ensayo, ha leído el texto cervantino, familiarizándose con la historia, los personajes y cada palabra, hasta hacerlo suyo. El resultado de esta aventura es Don Quijote de la Mancha puesto en castellano actual y publicado por Destino.

—Usted dice en su prólogo que el Quijote ha sido un molino de viento cuyo léxico arcaico ha descabalgado a mucha gente de su lectura. Y sin embargo casi todo el mundo afirma haberlo leído.

—Acaban de hacerse públicos los resultados de una encuesta del CIS: “Ocho de cada diez españoles no han leído el Quijote”. Y aún me parecen muchos. La gente tiende a mentir en este asunto. El 70% de quienes aseguran haberlo leído en esa encuesta no aciertan a declarar el nombre de don Quijote, Alonso Quijano. Y de los que afirman haber leído el libro creen entenderlo por aproximación, perdiendo más del 40% de los significados porque a menudo, cansados de las notas al pie de página que interrumpen de continuo la lectura, se las saltan. El 70% declara también que su lectura es difícil o muy difícil. Es como esos niños que van mal en el colegio, cuyo retraso se achaca a distracciones, problemas en casa, desinterés… Luego resulta que eran miopes, que no veían el encerado y cuando se les gradúa la vista y se ponen gafas, se soluciona todo. Mi traducción son esas gafas para el lector, el instrumento que permite no sólo ver algo, sino reconocerlo.

—¿La cuestión era entonces graduar la lectura al castellano actual?

“Mi propósito era facilitar su lectura, animar a las personas a abordarla y a hacerlo con el único propósito de entretenerse y aprender con ella, sin que se pierda en confusos laberintos filológicos”—Cualquier lector alemán, inglés, francés o de cualquier otro país puede leer el Quijote de corrido en su propia lengua, como leemos nosotros la Ilíada o Guerra y paz en la nuestra. Cierto que ninguna traducción es el original, pero, traducida, la Ilíada sigue siendo de Homero, no el invento de un traductor. Era absurdo que muchos españoles o hispanohablantes no pudieran hacer lo que otros lectores del mundo, leer el Quijote. Por otro lado, la gente que traduce el Quijote al alemán no lo traduce a un alemán del siglo XVI, lo traduce a un alemán del XXI. Todos esos lectores lo leen con fluidez y una alta comprensión lectora, pero no muchos españoles e hispanohablantes, a quienes por el hecho de serlo, se les obliga a leerlo en una lengua que ya ni hablamos y que apenas entienden cuando la leen.

—Usted quiere que los lectores entren en la novela sin la ayuda de las anotaciones de las anteriores ediciones. ¿Busca liberarlos de un esfuerzo o es porque realmente no solucionan muchas preguntas?

—Desde el siglo XIX en cada nueva edición se vienen multiplicando las notas a pie de página. Hace 150 años eran precisas 1600 notas y la de Francisco Rico, por lo demás excelente (es la que yo he tomado de pauta para mi traducción), tiene 5552. Se trata de una novela más estudiada que leída y menos leída que disfrutada, como un libro sagrado o peor, un texto de estudio escolar. Acometer su lectura con tantas anotaciones es a menudo una tarea demasiado ardua, ni siquiera sencilla para filólogos y especialistas. Lo primero que me preguntó Rico, cuando terminé mi versión, fue: ¿cómo has traducido astillero? Porque él sabe que nadie sabe qué es eso. El DRAE habla de percha o perchero, pero de dónde se va a colgar un astil, ¿de las orejas? Si yo he traducido “de los de lanza ya olvidada” es porque no encontré una palabra mejor (manejé unas treinta soluciones; el astillero debía de ser algo parecido a los palilleros de los billares), y porque ese era el sentido que quiere darle Cervantes a esa expresión.

—¿El mayor problema del Quijote es que se trata de un libro escrito como se hablaba?

“Hay que ser fiel a la letra y al espíritu de Cervantes, y cuando el espíritu de la palabra no llegas a entenderlo porque no entiendes la palabra cambias la palabra pero no cambias el espíritu” —Es un libro enormemente expresivo y coloquial. Aparte de la visión de don Quijote como un caballero “a lo llano” que conversa con su escudero de igual a igual, cosa de la que él mismo afirma no haber tenido noticia nunca en los libros de caballería, su valor es estar escrito tal y como se hablaba. Sancho hubiera podido leer el Quijote, de haber sabido leer. Lo habría entendido sin problemas y sin tener que recurrir a notas a pie de página. No está claro que hoy un Alonso Quijano, con una cultura parecida, pudiera hacerlo. Pero el habla es lo primero que se marchita con el paso del tiempo. Al leer hoy el Diccionario cheli de Umbral, advertimos que sólo perviven unas pocas palabras. Sansón Carrasco dice en la segunda parte que es un libro que los niños manosean, los mozos lo leen, los hombres lo entienden y los viejos lo celebran. Hoy los niños están en otras cosas, los mozos leen poco, ocho de cada diez hombres no quieren saber nada del Quijote y muchos viejos tratan de hacernos creer que lo leyeron en el colegio, malamente, se entiende, porque no han querido repetir la experiencia. Es gracioso ver cómo algunos de aquellos que la han leído con esfuerzo exigen que siga leyéndose así, como si no estuvieran dispuestos a compartir una lectura, sino sólo el esfuerzo.

—¿Por qué ha resistido entonces como el gran clásico de las letras castellanas durante 400 años, a pesar de que millones de personas que lo han intentado no han logrado terminarlo?

—Hasta el siglo XVIII se apreciaban de él sus grandes virtudes cómicas. El XIX empieza a pensar que bajo esas risas hay muchas verdades y descubre el arrojo romántico de don Quijote, su amor por la libertad y la justicia. El XX es el del abatimiento nacional tras las derrotas coloniales, y el regeneracionismo halló en don Quijote un ejemplo de tesón y dignidad en el caso de Unamuno, y un ejemplo de liberalidad en el de Ortega o Azaña. Cada época ve lo suyo en sus páginas. Pero lo que ha seducido a tantas gentes de todas las épocas es propiamente la mirada de Cervantes, compasiva, inteligente, socarrona, generosa, sin el menor resentimiento ni queja nunca. El Quijote es una llave maestra que te abre casi todo aquello sobre lo que le preguntes. Lo que ocurre es que los españoles, decía Juanjo Millás, tenemos con este libro la misma relación que con el inglés, todos los años hacemos el propósito de aprenderlo y de leer el Quijote y todos los años abandonamos derrotados a las primeras de cambio. Porque el español ve en el Quijote algo que debería hacer al menos una vez en la vida, como el viaje a La Meca. Y no, al Quijote hay que volver muchas veces. Como los grandes libros se disfruta sobre todo en las relecturas.

—¿Cómo hay que enseñar el Quijote y a qué edad?

“Habría que empezar a hablar del ‘Quijote’ cuanto antes. A los niños, a través de los dibujos animados, del cómic, como un cuento o una leyenda, destacando los valores que representa” —Habría que empezar a hablar del Quijote cuanto antes. A los niños, a través de los dibujos animados, del cómic, como un cuento o una leyenda, destacando los valores que representa y cuya gran enseñanza es que siempre habrá alguien que se ponga al lado del débil. Don Quijote es el campeón de los ideales nobles. Su enseñanza, en otras épocas, tuvo controversias. Unamuno era partidario de que se enseñase en las escuelas y Ortega desaconsejaba su lectura a los niños por creer que don Quijote era un modelo que los desmoralizaba. Lo verdaderamente importante es inculcar en todos los lectores sus valores. El Quijote está plenamente vigente entre nosotros, nos recuerda causas perdidas que no deberían estar perdidas porque son buenas causas. En la enseñanza lo importante es que lo lean profesores y estudiantes de catorce, quince o dieciséis años. Sin mediaciones, juntos. El Quijote no es la misa, con el cura haciendo de intermediario entre Dios y los fieles, sino algo que Cervantes escribió para que todo el mundo pudiera compartir y leer en igualdad de condiciones.

—¿Cuál ha sido el eje de su traducción?

—Mi propósito era facilitar su lectura, animar a las personas a abordarla y a hacerlo con el único propósito de entretenerse y aprender con ella, sin que se pierda en confusos laberintos filológicos. Y hacerlo de una manera respetuosa, teniendo en cuenta el trabajo de los filólogos, por supuesto. También los italianos saben que con un poco de esfuerzo, y un buen diccionario, podrían leer la Divina Comedia, o los ingleses a Shakespeare en inglés original, pero a la mayoría de los lectores, buenos lectores, ese esfuerzo no les reporta gran cosa.

—¿Con qué grandes dificultades ha lidiado más a la hora de traducirlo?

“El ‘Quijote’ no es la misa, con el cura haciendo de intermediario entre Dios y los fieles, sino algo que Cervantes escribió para que todo el mundo pudiera compartir y leer en igualdad de condiciones” —La primera, deshacer los hipérbatos, contagio del latín, y la construcción barroca, a veces muy alambicada. Después, reubicar cientos de palabras que ahora tienen un significado diferente. Por ejemplo, “liberal” o “discreto”, que en absoluto tienen el significado que hoy tienen. Expresiones como “si os picáredes más de saber” se convierten en “si os hubierais jactado”, o “echar todo a trece” es “mandarlo todo a hacer puñetas”. Otro problema fueron los refranes y frases hechas que incluye la narración y que ahora no nos dicen nada. También me he enfrentado a cosas como cuando don Quijote dice: “yo no puedo más” y resulta imposible que sea lo que quiere decir el personaje. Es un derrotismo que no se aviene con él. Lo que en realidad Cervantes no acertó a decir es “ya no puedo más”. Estoy seguro de que a él esta restauración le parecería bien. Y tratando siempre de conservar el espíritu de la lengua, además del humor de la trama y su música. Hay que ser fiel a la letra y al espíritu de Cervantes, y cuando el espíritu de la palabra no llegas a entenderlo porque no entiendes la palabra cambias la palabra pero no cambias el espíritu.

—¿Sus libros Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza y otras suertes fueron un entrenamiento?

—Lo cierto es que fui escribiendo todo al mismo tiempo, mis libros y la traducción. Necesitaba compartir el Quijote y mis libros con los lectores. Como esos artesanos que trabajan en la puerta de su taller, en la calle, a la vista de todos. También me ayudaron otras herramientas, por ejemplo leer novelas picarescas, crónicas o memorias de la época, o las impagables cartas de los indianos del siglo XVI y principios del XVII a sus parientes españoles, conservadas en el Archivo de Indias.

—Usted es un reconocido tipógrafo. Se nota en la edición, que ha cuidado mucho.

—Es mi primer Quijote. También el de Alfonso Meléndez, el tipógrafo con el que trabajo desde hace veinticinco años. Usted sabe que la ilusión de todo editor, tipógrafo e impresor es hacer en algún momento un Quijote, una Biblia, una Divina Comedia…, libros eternos. Nos han dejado hacer el libro tal como queríamos, en todo, encuadernado en tela, en un solo tomo, en papel muy bueno, con la sobrecubierta de mi hijo Guillermo, que me parece acertadísima. Y eso hay que agradecérselo a Destino, que ha tenido que saltarse muchas normas internas para que pudiéramos hacerlo tal como queríamos.

—¿Después de publicar su traducción se ha sentido “agredido” por las interpretaciones que se han hecho sobre su trabajo?

—Las críticas, tampoco muchas y ninguna especialmente significativa, se produjeron sobre todo antes de que se publicara. La idea de traducir el Quijote al español les parecía un sacrilegio. Su tesis, contra toda evidencia y contra el CIS, como se ha visto ahora, era: “con un poco de esfuerzo el libro se puede leer”. Las dos o tres que ha tenido después de publicado no vale la pena tomarlas en consideración, gentes que han dicho: “ha traducido ‘las más noches’ por ‘casi todas las noches’ o ‘en resolución’ por ‘en resumidas cuentas’ o ‘duelos y quebrantos’ por ‘huevos con torreznos’, ¡qué horror”. Mi trabajo no es una readaptación, es solo una traducción. Quien quiera leer el original podrá seguir haciéndolo. Ocho de cada diez españoles no han leído el Quijote. Si ahora pueden hacerlo, incluso repetir la lectura, que de eso se trata, ¿quién querrá impedírselo? Y ahí es donde entran en juego las Misiones Pedagógicas, a cuya memoria está dedicado mi trabajo: la cultura o está viva o no es nada; los libros se escribieron para leerse. Incluso en traducciones.