El otoño siempre es igual. Deshoja de nuestra memoria una estrella, un blues, un viejo amigo del que aprendimos cosas de la vida y del alcohol.
Ha sucedido con Leonard Cohen, crooner del folk y trovador de traje americano, con voz carnosa entre sombras de noche y olas del amanecer, poniéndole cuerdas de nylon a la poesía del tiempo, del amor, del sexo, de las cicatrices, de Lorca, de cualquier historia del camino en el que la vida se baila o se silba cuerpo a cuerpo.
De cada una nos contó con un swing de elegante tristeza descreída y una penumbra de seducción azul.
Al igual que un caballero de un libro pasado de moda, como un pájaro en un cable, como ese viajero que se despide Borgart con un beso en blanco y negro, nos enseñó a ir al río de la mano de Suzanne a comer naranjas,
a despedirnos hasta luego del amor,
a ser partisanos en cualquier batalla que nos afecte como imperfectos seres humanos.
A intentar ser libres a nuestra manera,
y a estar preparados para morir con la dignidad de un brindis.
Suficiente para sentir que te vas Príncipe,
que al otro lado del puente, con la maleta de tu guitarra en una mano, nos saludas con el sombrero en alto
y nos susurras una vez más
que nada ni nadie nos congele el corazón.
Hallelujah Mr. Cohen.