Su carta a los Reyes Magos la escribe con puntadas a mano. A igual distancia, unos dos o tres milímetros la una de la otra. La salud, el amor, el trabajo. Con firmeza la aguja y su trazo por el revés y por el derecho de la tela. Unas veces concentrada en el pespunte suave de la escritura, con el vértigo de las gafas en equilibrio a punto de resbalarse, y el silencio ensimismado en armar el cierre de una pestaña. Otras a ciegas canturreando entre los labios, hasta que la música enhebra su letra y la convoca. Entonces sonríe y eleva frente a sus ojos el vuelo y la vuelta de la tarea en la que ha estado cabizbaja. La costura en figura de su rey preferido. Su nombre es un secreto. Sara Luque nunca lo diría. Lleva más de once años confeccionando sus ropajes de enero. La ilusión infantil en terciopelo, gazar y seda. Satén en las coronas y, en el turbante, aigrette de garza azul o de pájaro en amarillo. Su caída, los dibujos, el bodoque, los apliques, sus herrajes. Nada es producto del azar. Ni siquiera los colores. Blanco y morado como los de la Hermandad del Rocío, a la que este año pertenece Gaspar. La majestad a la que siempre Sara le suma la alegría de otro color que no sea nazareno ni italiano. Baltazar proviene de la política municipal y un periodista es designado para encarnar a Melchor. Cada año la tradición. Tres personas y su rey. Sin olvidar los pajes de dos en dos para los tres y que también llevan su ajuar en tafetán o chifón. Vestidos los nueve. Desde la cabeza hasta los pies. Once cabalgatas que Sara Luque comienza a pensar a mediados de noviembre. Intuitiva, autodidacta, duende negro en la mirada, disfrutando con su reto anual, a jaboncillo dibuja en su mente el patrón al biés. El ancho, la caída, el corte. El hilo, el contrahilo y el orillón también. No se olvida tampoco de repasar su memoria para no repetir formas ni colores. Y decide, como si de una boda se tratase, qué prendas serán la de otros años, la azul y la que ella a cada uno regalará. Y una vez designado cada soberano los cita al café. 60 de cabeza; la sisa en curva desde la axila hasta el hombro; 107 de pecho; 60 de manga; veinte para el puño y 65 de chaqueta por encima de un 46 de pierna. Las primeras medidas con las que dibujar el drop de identificación de la persona regia que al abrochar la noche será cenicienta.

Así ha sido desde que una tarde el médico Jesús Castellanos, director del Museo de la Semana Santa y cofrade de los Dolores del Puente, entró en su pequeño taller del centro de Málaga. Aquel rey mago la nombró costurera real. Él diseñaba la confección de los trajes y ella se encargaba de las flechas curvadas, las muescas, las líneas de corte y ajuste de cada pieza. Sara Luque nunca fue una muchacha al otro lado de un escaparate Singer, en cuya puerta esperaban los novios con gabardina ni estudió por su cuenta la Guía de costura de Reader´s Digest. Tampoco practicó en su casa con los patrones fáciles de Kwik sew, de Butterick, de Simplicity Mc Call o de Burda. Lo suyo era más simple. Siempre le gustó la moda y tuvo mano de seda para prestidigitar una tela en un vestido de baile, un modelo de cóctel o en un largo de gala. Aprendió muy pronto que las personas somos un cuerpo geométrico irregular, con evidentes diferencias de proporciones y formas pero con las suficientes constantes como para establecer ciertos rasgos comunes. Y que el cuerpo geométrico, semejante al cuerpo humano, es un cilindro y, por tanto, el rectángulo correspondiente al desarrollo de este cilindro podría ser el rectángulo que envolviera al cuerpo, con las modificaciones indispensables para adaptarlo al cuello, brazos y piernas. Si ponía ese rectángulo sobre la mesa de patronaje tendría la superficie sobre la cual trazar el patrón de una prenda de vestir, definiendo encima los datos concretos sobre longitud, amplitud y forma. El resto era hilo, coser y cantar. Aunque muchas veces primero la música intentase a ciegas enhebrar la letra.

Pienso si con esa precisión se podría confeccionar a los políticos. Su ética, su responsabilidad, su compromiso y su sinceridad. Un patrón a medida de las verdaderas exigencias humanas y sociales. Gente preparada que no sea ni lisa ni estampada. Transparentes y sin forro. Incapaces de aprobar leyes mordaza contra la rebeldía y la crítica o reformar la ley de Enjuiciamiento criminal para decidir intervenciones telefónicas en nuestra intimidad sin previa autorización judicial. Políticos que no se regocijen de una inexistente España recuperada y feliz como si no prosiguiesen las duras batallas que empobrecen la realidad. Sara me dice que se los pida a los Reyes Magos.

Todavía no he escrito mi carta. Una diferente a cada uno. Es la única ilusión de la infancia de la que no he perdido la magia. Igual que la de trepar a los árboles y subir hasta la cofa de su gavia mayor para otear los barcos. Una carta en el zapato derecho, otra en el izquierdo y lo más necesario en pie entre los dos. Se los pediré para el próximo año. Lo mismo que palabras que nos orienten y cumplan algún que otro deseo.

Miro a Sara Luque sin dejar de dar puntada. Muchas son las filigranas y el lunes, mañana, todo tiene que estar planchado para la presentación. Los vestidos y sus majestades. Este año ninguno tendrá una corona que sea una lata grande de melocotón en almíbar forrada con organza turquesa y lentejuelas iris. Se ríe al recordarlo mientras afina la pasamanería, enjuta su cuerpo y la sombra junto a la lámpara que alumbra sus manos mientras cose y habla. En su pequeño taller con un desnudo maniquí esquinado y la puerta abierta a un recibidor con el suelo ajedrezado por el que cada tarde cruzan voces hablando de cuentos y de teatro. Todas conocen su nombre pero ignoran que es la costurera real. Tampoco escuchan su felicidad contándome. Ni saben que sus manos tienen magia.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2014/12/28/costurera-real/732473.html