Nos sabemos de memoria su nombre, pero de su memoria somos huérfanos. Nos faltan verdades y nos sobran silencios. Pendientes están los fantasmas en blanco nadie sabe dónde; la necesaria actitud sanadora de asumir responsabilidad y conciliación. Hoy se cumplen 79 años del final de una guerra que a todos nos acompaña en el Libro de Familia. Está sobre los hombros en los que descansa la mano tutelar de los antepasados. También en el fondo de nuestra mirada porque dentro de los ojos llevamos todas las guerras de las que venimos. La última, la más nuestra y furiosa, aquella sobre la que el miedo, todos los miedos, nos enseñó mutismo y obediencia, es para unos la dignidad de una cicatriz, para otros el duelo sin poder enterrar. Los hay igualmente que la mantienen como una herida insurrecta que de vez en cuando se abre, se desgarra y se vuelve mala sangre frente al abrazo. Es el viejo aquelarre emocional que quiebra en dos la tierra de las tierras de España. Somos reclusos perpetuos de esa fiebre que nos hermana en hostil rivalidad, y nos asoma al lado más negro de la libertad y de las ideas. No existe ninguna construcción moral del individuo, del pueblo, de la política y de un país sin ese abismo de la identidad del que sólo nos redime la paz aprendida sobre la violencia. Y eso sólo se consigue mirando a la memoria con serenidad, con cultura, sin prohibiciones ni lebreles, con la decisión de ser a partir de ella equidad y experiencia.

Cumplimos sus descendientes, cautivos y desarmados, con vítores y santiguándose, 79 años de memoria ciega y cutánea, según los testimonios pretéritos de las voces familiares; la educación de clase; las omisiones o afonías asumidas; los argumentos morales y sus veredictos; el catecismo político de 40 años de dictadura, y las dudas a extramuros. Larga suma de vigilantes razones y sus arrecifes, mucho peso áspero sobre los que soportamos la derrota. Resucitan en cambio a diario los símbolos de los vencedores, y volvemos al exceso del fervor como bandera, por encima de la cultura. A la sensibilidad que se emborrona de violencia más que a las palabras sin embocadas en las que encontrarse. A la religión que todo lo entrona en lugar de ensalzar el pensamiento ilustrado. Nos guían las emociones y no el razonamiento inteligente. De nada o de poco nos han servido el rigor de los historiadores ni la construcción de la memoria a través de la ficción. Paul Preston, Hugh Thomas, Pierre Vilar, Stanley G. Payne, Anthony Beevor, Arturo Barea, Gironella, Juan Marsé, Juan Eduardo Zuñiga, Dulce Chacón, y especialmente A sangre y fuego de Chaves Nogales, Las armas y las letras de Andrés Trapiello, El lápiz del carpintero de Manuel Rivas, El nombre que ahora digo de Antonio Soler, La noche de los tiempos de Muñoz Molina y El corazón helado de Almudena Grandes deberían haber educado la memoria sentimental de los españoles sobre la guerra y la larga resaca que nuevamente nos despierta el dolor en la nuca y la náusea en la conciencia. A pesar de su brillantez, de su indagación documental y de su falta de revanchismo, no son libros de cabecera en cada casa policía y ciudadana. Al contrario, la gente prefiere, lo fácil es siempre más asequible, enrocarse en banderas y santorales, alimentando de esa forma inculta la contienda del ellos y de nosotros, como define Baltasar Garzón, el exmagistrado de la Audiencia Nacional, la falta de superación de la guerra civil. Muchos pueblos carecen de pedagogía y sensibilidad, de convicción en la obligación sentimental y educativa de cerrar la brecha entre vencedores y vencidos, la querencia de etiquetar a la contra y de querer saldar cuentas. Es indudable e indiscutible que no todas las víctimas son iguales porque sus duelos las diferencia, y sus muertos no descansan de la misma manera. Tampoco sus vivos intercambian el lenguaje del encuentro en su diálogo. Pero deberíamos exigirnos un esfuerzo a favor de la concordia y de renacer hacia delante. Hay qué ver lo que nos cuesta examinarnos en conciencia de los propios errores y espejismos en torno a la guerra.

Paloma Aguilar Fernández, profesora de Ciencia Política de la UINED y autora de Memoria y olvido en la guerra civil española (Alianza), defiende que en nuestra percepción de la contiende del 36 se pueden distinguir un ámbito social basado en la convicción de la sociedad de que era mejor no remover los recuerdos en batalla; otro relacionado con la voluntad política de dejar a un lado el pasado a la vez que se tiene presente, y un último relacionado con la cultura y la explosión de la memoria. El resultado fue un largo período en el que un 43,6% de españoles reconocía que en su casa se hablaba poco sobre lo sucedido, y un 44% afirmaba que los profesores dedicaban poca profundidad al episodio histórico. Así fue durante los años sesenta y gran parte de la Transición, incluso en muchas familias y colegios actuales continúan desconociendo que la guerra civil no era inevitable ni la causó la degeneración de la II República; que el régimen de Franco fue el resultado de un golpe de estado que no triunfó y desembocó en la guerra, y que la Transición y la supuesta reconciliación se produjo en un momento donde no existía igualdad de condiciones entre los partidos de izquierda y de derechas. Tampoco conocen que, según el libro Las víctimas de la guerra de Santos Juliá, se cifran con mayor certeza en 140.000 los fusilamientos del bando nacional con 72.527 de ellos documentados, y en 37.843 los ejecutados por los republicanos; que 450 mil personas se exiliaron, y más de 120 mil murieron de hambre y enfermedades. Queda todavía mucho por refrendar pero hay libros como Días de plomo o Todas las noches se oyeron disparos de Miguel Ramos Morente cuya lectura de testimonios estremece por la impunidad con la que en la provincia de Málaga se detenía y enjuiciaba sin la más mínima garantía de legalidad. Campesinos, mujeres y jóvenes condenados a la muerte en una curva o un pozo sobre los que de noche se teñía de rojo la nana de la luna y los grillos sublevaban en llanto sus alas. Víctimas de una guerra que también perdieron muchas canciones de juegos, los sueños de niños, el esfuerzo, el coraje y las esperanzas de mujeres y hombres sobreviviendo de sol a sol entre los ideales y el trabajo, el abrigo del hogar y los afectos.

Termina cautiva aquella derrota y España continúa partida en nacionalismos equidistantes, corre el odio por el aire, seguimos dando fe de las leyendas y en la prensa se aventan los ánimos. La memoria se repite si de ella, de su dolor y de sus sombras, no se aprende a ser mejores personas y a construir mejor con todas las palabras. De nosotros depende cicatrizar sus heridas sin que nada se pudra dentro. Un informe del CIS sobre la huella de la Guerra Civil y el franquismo desvelaba en 2008 años que el 53,1% de los encuestados consideraba muy vivo su recuerdo, y un 45% que no se habían olvidados las divisiones y rencores que creó la contienda. Diez años más tarde quedan calles con nombres que recuerdan a figuras de los vencedores o representan exaltaciones de la misma; José Luis Gómez nos ha evocado con su habitual maestría los fantasmas del 36 en la piel de Unamuno, y hay gente que descubre secretos de familia como Cristina Fallarás en Honrarás a tu padre y a tu madre.

La guerra civil española necesita un buen kinstsugi: la filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de un objeto, y deben mostrarse en lugar de ocultarse. Su propósito es incorporar esa quiebra como una cicatriz que embellece el objeto y pone en valor su historia y su transformación. La memoria no se privatiza ni debe dar la espalda a sus errores ni a su culpa. La memoria se reconoce, se convive y se honra.

A ver si en 2019, a los 80 años, la terminamos del todo y para siempre.

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2018/04/01/herida-insurgente/996786.html

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es