Un escritor se ha muerto de Fahreint 451. La temperatura que inflama y arde el papel. Su gravedad es terminal si prende diez mil volúmenes. El mundo impreso en el que un hombre guarda el perfecto desorden en el que siempre ha de leerse la memoria de su vida. Sucedió por sorpresa. La cruz del tiempo que más le gusta a la muerte. Esa última sombra antes de borrarse en la luz de los ojos. Los mismos en los que, estoy seguro, también se quedaron las lágrimas de impotencia de un escritor luchando contra el bullicio del fuego embriagándose de palabras. Violento, esquivo y más ágil en su estocada certera que todos los espadachines de la literatura batiéndose en defensa de la poesía, de la prosa y de las vanguardias. Una batalla en una biblioteca rodeada de madera y donde el humo, ese fantasma despavorido que huye por las paredes, embozó a Rafael de Cózar. Lo imagino, según algunas informaciones, armado con un extintor doméstico corriendo escaleras arriba, sin negarse al peligro, en guardia frente a las llamas. Igual que si fuese ese corsario que hubiese podido parecer si, a su rostro enmarcado por un bigote enlazado a las espesas patillas, le hubiera añadido en una de sus mejillas el reflejo de un aro en pendiente.

Se reía. Siempre se reía Rafael de Cozár. Cuando se lo decía en cada encuentro alrededor de la literatura. En una isla de música mulata, en una laguna mexicana, en un patio de la noche sevillana. A salvo en cualquier taberna o en los salones de lecturas donde se oficia la literatura de lo vivido. Su risa a contrapelo de las vanidades, sincera en la efervescencia de su sonido, generosa siempre en la luz y en la letra de su lenguaje. A la cara del drama, del espeluzno, de lo inhóspito, de lo mezquino, del mundo y de los impostores. Todos los que nos hermanamos con él, en muchas de su travesías, escenas de caza y lecciones de literatura, lo recordamos en estos días de brindis donde el suyo, limpio siempre de cualquier clase de quejumbre, era un poema dibujando en el aire un caligrama, un verso de piel iluminada, la felicidad en equilibrio.

La muerte de un escritor tiene muchos finales. Un disparo en soledad a bocajarro. El sueño narcotizado junto al amor y en orden. Bajo el volcán interior del alcohol. El extravío de un avión sobre el mar. En un misterioso accidente de coche. Disfrazado de otro e invocando el nombre de unos de sus personajes. Esperando unos ojos hermosos en un hotel de verano. Hemingway. Zweig. Lowry. Saint-Exupéry. Camus. Poe. Pavese. Incluso como Li Bai, intentando abrazar el reflejo de la luna en el río Yangtzé. No conozco a ninguno cuya vida se extinguiese intentando impedir que su biblioteca fuese reducida a un triste poema de cenizas, desglosadas al viento que las repose en sigilo en el mar o en el desierto.

Los libros sólo son un tesoro para quiénes la lectura es una isla, parte de una vocación, una dehesa del pensamiento, la única patria del apátrida, el hilo de Ariadna en el laberinto de la realidad. Y un tiempo interior de la libertad si el lector es como el padre Sergio, uno de los eremitas del siglo XXI que Carlo Bevilacqua ha retratado junto a los 55 mil libros en los que esconde su vida para buscarse a sí mismo. Cinco años recorriendo Estados Unidos, Grecia, Georgia, India y Francia para entrevistar con su cámara estas existencias al margen de la sociedad y de los emblemas de una época en la que el consumo es el Dios de la globalización. Hombres y mujeres como el capitán de barco Gisbert Lippert que lleva 40 años habitando en una gruta de la isla de Filicundi en Sicilia, la expolicía Sue Woodcock que vive en una casa de piedra en Yorkshire recogiendo agua de lluvia. Igual que el sacerdote ortodoxo Maxime encaramado a un espolón de 40 metros de altura del que sólo baja para cultivar su pequeño huerto o que Garth Bowles a bordo de una vieja caravana en el desierto de Mojave. Liberados de las exigencias materiales y estéticas, en paz con sus demonios y sus silencios, inconmovibles hacia ningún destino, viven fuera del mundo, mimetizados en el paisaje en el que han encontrado la poesía de su existencia. Sólo la exposición sobre sus vidas ermitañas, inaugurada en Milán, los ha devuelto a la sociedad a la que miran efímeros desde los ojos de Bevilacqua.

También quieren ser invisibles los fantasmas de Barajas. Los treinta desahuciados de la clase media que la crisis y la reforma calvinista de la política han convertido en un yanair society, como denominan ya los expertos a la nueva masificación de rentas bajas sin apenas derechos ni expectativas de futuro. Una sociedad que también deja en fuera de juego a estas personas a la deriva en los 470 mil metros cuadrados de la terminal construida por Richard Roberts y Antonio Lamada. Durante el día, aseados, con una educación sin prisas, empujando sus carritos, aprovechando los quince minutos gratuitos de wifi, y los restos de café y comida que abandonan los turistas, se camuflan entre los 110 mil usuarios que se cruzan en Barajas entre los mil vuelos diarios. Sólo a la noche son reconocidos como eremitas forzosos por los empleados de AENA y el personal de seguridad que pasan lista y certifican que no se ha muerto ninguno de sus fantasmas. Quién sabe si, a esas horas, alguno se ríe con Cózar contándole uno de sus chistes, mientras escribe sus historias.

Ninguno de ellos sabe que un hombre que perece por amor a su biblioteca merece renacer como libro.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2014/12/21/libros-humanos/731277.html