Cada cuadro es un espacio existencial. La huella de una búsqueda y el hallazgo de su resolución. Un artista enmarca su versión de una realidad de la que detiene su emoción -sea felicidad o drama- y nos la cuenta. Igual que materializa pensamientos plásticos, la fuerza de una intuición o se enfrenta a una angustia o a un desafío estético. Sus paisajes físicos o mentales lo definen, y facilitan que el espectador observe cómo se construye un artista. Por tanto una exposición puede ser un mapa de la vida y las narraciones de su viaje. Es el caso de Joaquín Torres García, un moderno en la Arcadia, mostrado en el Museo Picasso Málaga. El recorrido a través de sus lenguajes, de sus obsesiones, de su filosofía teosófica, de su literatura cifrada en la imagen, expresan su itinerario escurridizo por dentro y por fuera de las vanguardias. Su obra es esplendida, polifacética y arcana. Nos reta a descubrir, a pensar, a disfrutar con la subjetividad su lectura.

Su reverso fue la de ser -en ese fecundo período de laboratorios y deslumbrantes explosiones estéticas, y para que todos lo entiendan sin sombras- un maravilloso Iniesta entre los Messi y Cristianos de la época. Picasso, Kandinsky, Miró entre otros grandes maestros del modernismo, el neoplasticismo, el cubismo, el futurismo, el constructivismo. Movimientos de los que hizo su personal versión/deconstrucción en óleo y caligrafía, en esculturas, cuadernos de dibujo y modernos juguetes didácticos. Su gran fascinación, no sólo porque llegó a montar su propia fábrica Aladin Toy Company sino porque el arte fue para él un apasionante y modulable juguete intelectual. Y también una escritura de la imagen, secreta y política, plástica y polifónica.

Montevideo. Barcelona. Nueva York. Italia. Francia. ¿Se imaginan la maleta de Torres-García? Un lienzo de sus pasaportes. El collage de un artista uruguayo que fue escritor de textos publicitarios, pintor de telones para el music hall, diseñador de los vitrales de la catedral de Palma de Mallorca -donde trabajó con su amigo Gaudí- y nómada del arte del siglo XX. Cada país, cada ciudad que para él significaba un hecho artístico, cada experiencia e interrogación fueron un símbolo en una casilla de lo que fue uno de sus propuestas: el constructivismo universal. Ese viaje es el que hilvanan las salas del Picasso malagueño cuyo kilómetro cero es su utopía de la Arcadia, aunque las maravillosas claves de su progresiva conversión en mago comienzan con los lienzos de Barcelona en los que Torres-García se aproxima a un futuro cubismo, mediante fachadas que recuerdan a las que después deconstruyó su amigo Manuel Ángeles Ortiz, en cuadros como Albaycín, y cuyo discurso en lugar de romperlo él representaría esquemáticamente en forma simbólica. En esos cuadros narra el ruido de la incipiente vida moderna, su velocidad, la publicidad como paisaje, el hombre como eje, la ciudad como hecho artístico, y el tiempo enmarcado en un símbolo que repetirá enigmáticamente a lo largo de su obra: el reloj con diferentes horas en ángulo. Las once menos veinte o menos veintidós, y otras variantes horarias cuyas agujas siempre forman un triángulo y representan el presente abierto y en movimiento hacia el futuro. Torres-García realizó cerca de 260 símbolos pictográfico entre los que se repiten constantemente el pez, el ancla, la escalera, la casa, el hombre, la mujer, el sol, ese reloj, y los números: la llave de la iniciación.

Un signo es una imagen que incita a pensar, dijo Kant. Saussure, el gran lingüista, añadió que un signo también es una unidad de lenguaje destinada a comunicar. Torres-García unifica ambos conceptos y progresivamente va transformando sus escenarios de fachadas de Barcelona y de Nueva York en una red de casilleros divididos en la superficie del cuadro que permiten mentalizar mejor la imagen y su concepto. Sus construcciones verticales basadas en la proporción áurea recuerdan los jeroglíficos egipcios y el grafismo geométrico, son un diálogo entre el mundo espiritual y el material. El artista sintetizaba así tres influencias determinantes: la de Gaudí y el retorno al pre-arte, a lo originario, lo natural, al símbolo imaginario y mágico como concepto, la del primitivismo con el que también enriqueció su estilo Picasso, y la de la teosofía de madame Blavatsky con la que conectó en Nueva York y que más tarde le llevaría a fundar su propia escuela en Montevideo. Una filosofía que mezclaba la religión sin iglesia, la sabiduría antigua, el esoterismo y el arte donde su espiritualidad encontró acomodo expresivo en la abstracción y la geometría, con miembros de la talla de Kandinsky, Mondrian, -con el que Torres-García coincide en la yuxtaposición de planos de formas y colores-, y Xul Solar, otro pintor con el que su obra dialogó acerca de la armonía, la composición y el ocultismo. La alquimia de estas influencias lo conducirían a elaborar su cosmología del arte en equilibrio entre la naturaleza de lo real y su abstracción.

Un pintor que piensa, un pensador que pinta. No hay otra manera de definir mejor a este artista que lo explora todo en busca de nuevas posibilidades creativas, a partir de las corrientes de su época. Una independencia junto con su poética del objeto como arte que lo vinculan a Duchamp, y que el historiador Alexander Alberro sintetiza en hallar, imaginar, crear. Con la rusticidad de la madera de sus piezas enmarcadas a modo de pinturas presagia lo que en los sesenta será el arte povera, e igualmente sugiere su intención de liberar la evidente volumetría de sus formas plásticas en busca del espacio; muchos de sus pinturas pueden interpretarse como bocetos de esculturas que terminan conquistado su lugar. Lo mismo que con las figuras geométricas de sus cuadros indaga en su significado como piezas de un rompecabezas. No menos importante, en su viaje intelectual y artístico, son sus trabajos acerca de la identidad prehispánica del sur -al igual que hacía Wifedo Lam con su cubismo africano- resaltada en su famoso Mapa invertido de América Latina de los años treinta. Un intenso período que Torres-García culmina con su fascinante serie del constructivismo universal: Catedral.

La escalera de la progresión del conocimiento, el reloj, el corazón de los afectos, la razón del triángulo, el hombre y la mujer -boaz/yakin, columnas del trono de Salomón-, los símbolos masónicos como sello. Nada esconde ya el artista. Sus fachadas son definitivamente estelas funerarias, cuadros heráldicos, bajorrelieves, museos de símbolos. Un puzle en el que cada pieza encaja en un orden arquitectónico. Cada signo tiene su nicho. Y cada nicho su léxico: la casa, el barco, el cuadrado, el pez, la flecha, el sol, el ojo de la cerradura, su estrella pitagórica de cinco puntas. Pictogramas de un jeroglífico que en algunos casos recuerdan sus vidrieras de Mallorca y esas cartografías de la vida en lo que todo es mito y ritual. El artista es su metamorfosis. No sólo pinta, esculpe, talla, dibuja, compone los mundos del mundo. Es también un mago, un chamán, el constructor de un pensamiento universal, de un cifrado circuito emocional entre la autoconciencia y la intuición. Una especie de geométrico esperanto plástico.

Es imposible no acordarse de Bruce Chatwin, el perito de Sothebys y artífice de las Moleskine, que escribió los Trazos de la canción, en cuyas páginas cuenta cómo las tribus australianas dibujan símbolos que son la representación pictórica de un animal, un camino, un sueño, el lenguaje que compone la melodía de una canción con la que se comunican lo eterno y lo presente. Igual que Joaquín Torres-García, el artista que sobre todo fue un chamán en su viaje del símbolo inteligente al símbolo mágico. El creador de un alfabeto antropológico convertido en una escritura pictórica y polisémica que puede leerse narrativamente, y escucharse como pentagramas de la armonía entre lo visible y lo invisible.

 

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