Transformó el arte en blanco y negro, y también la ciudad en la que nació azul. El primero con la mirada de una pasión y una actitud con las que iba convirtiendo todo en una lúdica metamorfosis plástica y emocional. Málaga con un museo de su legado familiar que supuso el inicio de la ciudad cubista y de moda que es la capital de su mediterráneo natal. El arte lo transformó con una vida intensa en trazo y experimentación, la ciudad después de morir hace hoy 45 años y regresar al hogar donde lápiz fue, según cuentan, la primera palabra con la que inauguró su infancia. Sabemos que fue su padre el que le educó académicamente la mirada con la que acariciar curvas y sombras del volumen sin levantar de sus huellas la mano. Ignoramos cómo, por qué y si su sensibilidad se la despertó el arte igual que si éste fuese La dama que descubre el seno de Tintoretto. Su rostro de perfil, el acorde perfecto entre delicadeza e insinuación, la exquisitez de los tonos del dibujo, la carga erótica de su belleza voluptuosa. Un cuadro desvelando la vocación y definido por unas cualidades que acertarían a expresar en gran parte la obra de Picasso y su deseo de noche y de sol de lo femenino y de lo plástico, como asombro, como manantial, como dominio sobre un ramo de rosas deshojado con los labios; la línea y la mancha como exorcismo de sus temores y como forma e imagen de su deseo. Picasso tan libre y feroz, tan seductor y rebelde en su cuerpo a cuerpo con el arte y con la mujer, con la creatividad y con la sexualidad. Nadie ha conseguido superarlo en esa danza indagatoria y hedonista. Ni en su retrato de la naturaleza del arte y del color emocional de la mujer. Quizás tampoco en su manera de hacer de la vida su amante, y del tiempo un constante aprendizaje.

Sin duda es Picasso un personaje de fabulosa fascinanción en lo artístico, en lo psicológico, en lo existencia y en lo sentimental para la literatura y el cine. Su talento precoz y su personalidad idealista y romántica a ratos, autosuficiente y colérica en ocasiones, seductora y vampírica con cada una de las ocho mujeres a las que les retrató el deseo, la entrega y el dolor. Y a las que igualmente les regaló ternura y color –véanse el hermoso Retrato de una mujer con cuello de armiño de Olga; los bellísimos dibujos de Geneviéve Laporte como odalisca dormida y desnuda, y de Françoise Gillot con una diadema de flores; el matissiano Desnudo, hojas y busto de Marie- Thérèse Walter; a Dora Maar en un busto negro con labios azules y pañuelo dorado con la cabeza reclinada; a Jacqueline Roque aux fleurs o sentada en un sillón en equilibrio regio y naturalidad serena con un gato en el regazo (Picasso, quizás). No cabe duda de que la suma de ellas en él y el propio espíritu del malagueño podrían tener carnalidad en los trópicos de las novelas de Henry Miller o de copas y boxeo por algunas páginas de Hemingway. El cine ha tratado de desvelarlo sin éxito con Sobrevivir a Picasso de James Ivory y encarnado por Anthony Hopkins; acercándose más con El joven Picasso de Juan Antonio Bardem y piel de Toni Zenet, y ahora con Antonio Banderas dándole vida en Genius de Kenneth Biller. De momento ninguna alcanza la admirable brillantez del Pollock de Ed Harris, descarnado y realista en el tormento creativo del artista y sus afueras. El que más se le aproximó fue Henri-Georges Clouzot en El misterio de Picasso 1956 documentando su gesto proteico en la creación de una obra de arte. En su soledad, compromiso y fama se adentró por otra parte el ensayo Éxito y Fracaso de Picasso de John Berger.

El escritor que me enseñó que una forma de entrar en un cuadro es escuchando. Mucho antes, cuando aprendía y aprehendía el arte, atraído en parte por el influjo de mi tío Manuel Rivera y su lenguaje de la luz como espacio y textura en sus telas metálicas, Picasso me ilustró en contemplar lo que se tiene delante, de cerca y de lejos, y cerrar después los ojos para desde la conciencia internarse en el cuadro, interrogarlo, buscar lo que no se ve dejándose conducir por la propia intuición, por el deseo de posesión y de embriaguez que despierta en nosotros la obra. Es la mejor manera de entender a Picasso, porque esa era su forma de habitar la pintura, de sentirla como un desafío y un diálogo de seducción, explorando más allá de la apariencia de las cosas. Sucede con su cubismo y con El Guernica en conexión con la magistral obra cinematográfica El Acorazado Potekim de Einsestein y con Adiós a las armas de Franz Bozarge que le inducen, como señaló el director de fotografía José Luis Alcaine, la sensación de pesadilla, el uso de la bombilla oscilante como recurso dramático, la narración de derecha a izquierda en la película y en su célebre obra sobre el horror de la guerra. Un cuadro no se define haciendo una lista de lo que se ve ni analizándolo exclusivamente con cirugía academicista. Se explica o se narra separando lo evidente de lo oculto, la representación de lo simbólico, lo visible de lo inacabado, lo racional del estado de la emoción desde la que miramos.

No he dejado de entrar y de salir de la obra de Picasso, desde la juventud y más aún cuando los inicios de su regreso a Málaga a finales de los años 80, como espectador, persona y crítico. Cada vez me susurra algo nuevo el Picasso omnisciente y jugador de lenguas: el clasicismo, el arte africano, el surrealismo, el cubismo, la pintura, la escultura, la cerámica, su facilidad para construirse como modelo fotográfico. Diferentes maneras de escribir un diario de sentimientos y sensaciones que nos llegan de todas partes y de las que uno escoge lo que le sirve para su trabajo según los dictados de la imaginación, la intuición y los sentimientos. Sus herramientas en la batalla de la perfección y el reto de ir siempre más lejos, más lejos, partiendo de una realidad a la que desnudar y responder con un lenguaje. El de las rupturas con las tradiciones en los años de la guerra, el de los cuerpos monumentales y alegres con la costa azul de fondo en los años veinte. El de la crítica al decorativismo y la creación de un color neutro como el gris, sobre lo que centra su ensayo Picasso contra el color de las vanguardias el pintor y académico Fernando de la Rosa, y el maestro del instante breve y preciso del lápiz en éxtasis que convierte el dibujo en el encantamiento de una acrobacia sobre la línea.

Se cumplen 45 años de su muerte, todavía fecundo el artista de la variación infinita en torno al pintor y la modelo, al hombre y la mujer, los amantes y los mosqueteros, los ancianos y la mirada patética de las cabezas del verano de 1972. Su autorretrato entre la esfinge y la calavera, oráculo pictórico de su muerte tres meses más tarde. Su alma prevalece inmortal en su obra; en los fondos que guarda el Museo Picasso Málaga de su nieto Bernard y las exposiciones que lo conectan con las vanguardias y su descendencia, con la vigencia de su revolución del arte desde sus sólidas raíces de dios clásico. Entro a menudo a visitarlo, como hace el pintor Rafael Alvarado, para escuchar sus risas, las seducciones con las que nos atrapa. No entiendo que sus paisanos y más ente no lo visite esgrimiendo que no lo comprende cuando sólo tienen que escuchar su manera de cantar igual que los pájaros en cada cuadro, en cada pieza y dejar, como él dijo, que el arte limpie el polvo de la vida diaria de nuestra alma. Hoy iré a verlo, me miraré en sus ojos y al salir, eliminando de la realidad lo innecesario, me llevaré a la imaginación de paseo hacia el color de una mujer, y un brindis con vino.

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2018/04/08/picasso-omnisciente/998366.html

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es