Me gusta trabajarme la calle. Ganarme de vez en cuando el jornal de flaneur. Ese oficio que se está perdiendo. La mayoría de la gente anda intempestiva, vencida por el tiempo, con la sombra rezagada en el semáforo que saltaron antes de la música en verde. Todo el mundo parece convencido de que llega tarde a la duración de algo. Otros deambulan cabizbajos y aislados en una estúpida pantalla donde la vida sólo sucede como simulacro. Igual que cuando viajan en el metro, convertidos en autómatas subterráneos, con el temor de estar solos si no están conectados a unos auriculares o a un smartphone. No se dan cuenta de que languidecen como ausentes.

Un amigo me dice que las personas han dejado de cruzarse las miradas cuando se cruzan en la calle. Aunque defiende que en Madrid sí que buscan reconocer en los rostros el rastro de otro, la identidad de un pasado. A ellos mismos en otra época dentro de aquellos ojos. Se nota que Antonio Lafuente es fotógrafo. Me lo dice, rodeados de miradas que tantean un sitio donde quedarse, en medio de la noche de una calle convertida en la terraza del pequeño estudio galería de Ignacio del Río. Otro amigo que lleva años disparando en blanco y negro a detalles femeninos en los que intuye un paisaje: un manglar, un trópico, una flor entre las dunas, un oasis bajo la lluvia. Ahora con su espacio ha devuelto a las exposiciones el necesario afecto entre el artista y el que alberga el discurso de su obra, la voluntad de una apuesta abierta. Fotografías, instalaciones, dibujos, óleos, poemas acrílicos como los de Joaquín Martínez. El último zaj del movimiento con el que Juan Hidalgo y Walter Marchetti nombraron en 1964 su desafiante música experimental, la producción de objetos, la performance, la poesía visual. El arte como provocación.

Así define Tecla Lumbreras a este eterno rebelde que desciende de aquel Podemos plástico contra los cauces del mercado. También de Córdoba, de las mujeres hermosas, del vino como insumisión, de las lúcidas conversaciones en contra de los becerros de oro de la cultura y de las instituciones en los años de Babilonia. De las escaleras y las sillas que son interrogantes. El espontáneo relámpago del talento a mano, mientras espera en papeles al agua que suceda lo que sabe. Joaquín Martínez afirma ser un ortodoxo de la heterodoxia a pie de una pared con el díptico Puro/Impuro. Es su autorretrato. Otra pieza bicolor. Naranja, amarillo, rojo, azul. Blanco y negro igual que su Poseía/Poesía. Letrismo. Orografía y deconstrucción de la palabra. La ciudad escrita es también su skyline. Puentes entre lo simbólico y lo conceptual. Excelente exposición. «El arte como experiencia de vida, un acto moral y la materialización del lenguaje» escribe T.L., la elegante gestora eternamente Maga y CChanel de la gestión plástica en una ciudad que poco a poco está creando un Soho en el que es difícil aparcar. Es mejor llegar andando.

Ser un flaneur exige unos buenos zapatos, saber silbar el tiempo despacio y moverse por las horas de la pleamar sin miedo a perderse entre los renglones de la ciudad. Es la mejor manera de vivir lo que esconden las calles. De descubrir los jóvenes nuevos negocios que andan peatonalizando un barrio donde hay escaparates cerrados en los que quedan algunos objetos del naufragio de las crisis; graffitis que improvisan arte contestatario o trepan como árboles por las paredes cerradas; jugueterías del sexo; un juzgado de familia; una plaza en la que Amnistía Internacional se manifiesta contra la pena de muerte, sin que la prensa se entere –ocupada como está con los comunicados oficiales–, y un músico negro estacionado en una fachada inválida donde habla a solas con su saxo y el tiempo en sentido contrario al de la espera. Más arriba, más abajo, a la vuelta de una esquina, no faltan locales en los que calmar el hambre o la sed a la deriva ni hoteles para unos días de biografía a un confortable precio. En el sotobosque de este Soho permanece duquesa la galería de Javier Marín en la que Carlos Miranda, a veces Cake y en ocasiones Polaroid Star, expone el cubismo narrativo de los espacios domésticos de amigos artistas, escritores y críticos, como islas del caos, laboratorios del proceso de creación de una obra determinada e intercambio de los lenguajes de la fotografía, del cómic y de la pintura. No falta, a un par de estribillos de los zapatos, el Play Planet Coffe and shop con autoservicio, desde 80 céntimos, de más de 500 juegos de mesa, zumos y marcas de cervezas difíciles de encontrar.

El gobierno chino ha desempolvado la Revolución Cultural de Mao y la banda de los Cuatro. Pretende que los artistas vuelvan al campo y a las escuelas comunitarias. El presidente Xi Jinping quiere que el arte no sea esclavo del mercado. Lo más auténtico es lo sencillo. También lo cree el dueño de Casa Julio, una antigua fonda de viajeros en el pueblo valenciano de Fontanars dels Aforins, con una estrella Michelín. Julio Biosca acaba de renunciar a su preciado galardón gastronómico. Está cansado de la presión de mantener su estrella y las exigencias de una clientela snob. Prefiere su menú degustación para gente sencilla. Debería venirse al Soho de Málaga. Lo mismo que Xi Jinping podría mandar a sus artistas chinos a este barrio que, sin ambicionar lo máximo ni sobrepasar al contrario, se cocina su porvenir.

Me gusta trabajarme la calle. Ganarme de vez en cuando el jornal de flaneur. Y de paso contarles.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2014/12/07/flaneur-soho/727891.html